Son las 3.30 de la madrugada. Salamanca duerme apacible, bajo un gélido manto de frío polar trufado de tímidos copos de nieve que no llegan a cuajar. El asfalto brilla, húmedo, reverberando sobre él las luces de los semáforos que a estas horas casi no tienen a quien detener o ceder el paso. Una estampa muy tranquila que sin embargo, se ve alterada por la vorágine emocional a la que estamos a punto de asistir.
Esta
noche ponemos en práctica una de aquellas reglas fundamentales del periodismo
que te enseñan en la facultad y que te pone a prueba para comprobar hasta qué
punto serías un buen profesional. El periodismo no tiene horarios, las noticias
saltan como cascadas de agua que no se detienen en ningún momento. Y esta es
una cascada intensa.
Las
puertas del acuartelamiento General Arroquia se abren a nuestra llegada, y un
par de militares nos reciben, amables. Tras solicitarnos la debida
documentación, nos conceden permiso para entrar en las dependencias militares,
donde esta madrugada, apenas alguno puede conciliar el sueño. El patio del Cuartel
General del Mando de Ingenieros se encuentra abarrotado. Como si se tratase de
una celebración de San Fernando, patrón del Arma de Ingenieros. Sin embargo,
basta poner los pies en tierra y acercarse un poco para comprobar cómo los
gestos son lánguidos, tristes, retraídos y opacos.
Dejamos
a un lado el vehículo de Radiotelevisión Castilla y León y comenzamos a grabar lo que en el patio del cuartel está a punto de
ocurrir. Junto a un autobús en marcha, se suceden uno, dos, tres, cinco,
veinte, y hasta treinta y cinco militares que esta noche no desfilan. Se
aproximan, algunos impertérritos y otros visiblemente afectados hasta el lugar
en el que se encuentra la muchedumbre expectante. De repente, una mujer rompe a
llorar y se lanza a los brazos de uno de ellos susurrándole que no suba al
autobús. El resto de los militares continúa aproximándose, diversificándose
hasta que cada uno se encuentra arropado por los familiares y amigos que esta
noche han ido a despedirles.
Porque
esta noche, ponen rumbo a Irak. Treinta y cinco hombres y mujeres participantes
en una misión que persigue el objetivo de combatir el terrorismo del
autodenominado Estado Islámico. Una misión que se pospuso el pasado 28 de enero
debido a los ataques sufridos en el aeropuerto de Bagdad. Cohetes y disparos de
arma ligera impactaron contra las aeronaves que aterrizaban sobre las pistas
del aeropuerto, considerado uno de los lugares más protegidos de la capital
iraquí. Un lugar que ya no resulta tan seguro y al que compañías como Air
Europa –la encargada de fletar a los militares hasta Oriente Próximo-
decidieron no volar para no poner en peligro las vidas de los viajeros. Pero frente
a este contratiempo no se detienen. La lucha contra el yihadismo les necesita.
Ellos serán los encargados de montar un cuartel que utilizará la Legión para
instruir al ejército iraquí frente a la amenaza terrorista. Por y para ello,
volarán con aviones militares. Un periplo en el que, en primer lugar, viajarán
a Torrejón de Ardoz (Madrid), y acto seguido hasta Almería, donde recogerán a
los legionarios que llegarán con ellos a Irak. En total, el contingente español
en Bagdad contará con unos 300 efectivos.
Con
una media de edad de 32 años, el grueso de todos ellos lo componen salmantinos,
aunque algunos también proceden de otras provincias de Castilla y León y de
Zaragoza. Para muchos de ellos, tal y como nos aseguraban sus superiores, no es
la primera vez. Bosnia o Afganistán han sido algunos de los lugares en los que
sobre todo, han llevado a cabo misiones humanitarias. Sin embargo, tal y como
nos confiesa algún padre aquejado por la ansiedad, esta vez es diferente. No se
les nota igual, aunque son ellos quienes dan apoyo a sus propios padres,
hermanos, cónyuges, hijos… Familiares a los que dejan a miles de kilómetros de
distancia durante seis meses que se harán eternos. Seis meses para aportar su
granito de arena a un mundo cada día más desestabilizado y en el que de manera
continua asistimos a la toma indiscriminada de rehenes y a los asesinatos sin
tregua, trampa o cartón.
La
ciudad que «hechiza la voluntad de
volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivencia han gustado» tal y como aseguró un melancólico Miguel
de Cervantes, ahora tiene que ver cómo sus paisanos se despiden. Una ciudad que
esta madrugada les dio un aplauso silencioso, un reconocimiento a su valentía y
a su lucha contra lo indefendible. Un
aplauso que sin embargo, no se escuchó, porque toda la ciudad dormía.
Pero que este sábado, está latente en todas y cada una de las calles y barrios
de la ciudad. Desde Buenos Aires hasta El Zurguén.




Cuanto menos conmovedor... Por circunstancias de la vida he tenido que estar presente en estos duros momentos, duros cuando se dice adiós a personas a las que te une un gran amor, un gran compañerismo y camaradería incondicional fruto de horas de convivencia, horas de entrenamiento, risas, confidencias y en algunas ocasiones, oscuras lágrimas, todo como bien dices al margen de personas que desconocen todo lo que ocurre tras un "hogar" que por portar un "todo por la patria" en el marco superior de su puerta, es en una inmensa mayoría de ocasiones perjudicado... Se me viene a la cabeza sin ir más lejos esos comentarios que dicen: "para que queremos a los militares" o aquellas citas anarquistas que promulgan un "civilicemos a los militares en lugar de militarizar a los civiles". Nunca desearía ciertas vivencias internas pero si desearía que muchos en alguna ocasión sintiesen la humanidad que se respira en todos los cuarteles militares de España.
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