Hoy en día el periodismo se ha vuelto acuático: es incoloro, inodoro e insípido. El periodista busca hacer productos como churros, sin darse cuenta de que en una pastelería se elaboran productos más variados que llevan distinto tiempo de cocción, de horneado, de mimo. Hacer periodismo no es fácil. Para hacerlo, y hacerlo bien, es necesario estudiar cada día.
Hace apenas unos días, el 6 de septiembre, cumplí tres meses en televisión. Tres meses en los que he crecido al menos unos veinte centímetros como profesional, los centímetros que ya no puedo añadir a mi estatura físicamente por razones biológicas. En este breve pero intenso periodo de tiempo, me he enamorado. Enamorado de un amante que consideraba infiel: la televisión. Yo dormía cada día con la radio, soñaba con ella, pensaba con ella, me despertaba con ella, comía con ella, estudiaba con ella, e incluso, me duchaba con ella. Pero en apenas unos días, la televisión me enseñó que no hay por qué ser tan maniqueísta. La televisión ha calado en mí como una inyección de adrenalina en el fondo del pecho. Sin duda, se trata de un medio de comunicación muy complejo: dominar los distintos lenguajes que en ella se entrecruzan, es como asistir a un baile en el que en cada parte de la pista se baila un estilo diferente. Hay que saber moverse a ritmo de swing, de tango, de funky y de rock&roll.
Recuerdo que hace cuatro años abandoné mi tierra natal, León, con melancolía. Me desplazaba poco, apenas unos 250 kilómetros al sur de mi hogar. Sin embargo, para una pequeña leonesa con 18 años recién cumplidos, aquello era un viaje apoteósico. La primera vez que recorrí la distancia que me traería hasta tierras charras, lo hice leyendo a Homero. La Odisea se me antojaba similar a mi historia, siendo esta no tan superlativa como la de Ulises. El tiempo me enseñaría, cuatro años después, que realmente sí que me embarcaba en un viaje sin retorno que marcaría mi vida para siempre.
Mi barco lleva por nombre periodismo. Desde la roda de proa hasta la roda de popa, el barco en el que viajo desde aquel 23 de septiembre de 2010 va cargado de ganas y actitud. La misma actitud que me ha llevado a ponerme delante de una cámara sin miedo, cuando hace cuatro años no era capaz de pedir en un bar por vergüenza, no reclamaba las vueltas a la cajera en el supermercado si esta me las daba mal por timidez, y me entraban ataques de ansiedad cada vez que algún profesor se dirigía hacia mí en las clases del colegio. Echando la vista atrás el cambio ha sido muy grande, pero no por ello hay que dejar de evolucionar.
Creo que lo que he aprendido durante estos cuatro años ha sido a librarme de estereotipos, a descubrir mi verdadero yo, y a vivir apasionadamente. Hace un par de años tuve que ir a la óptica, quien me indicó que tenía cierto grado de miopía, aunque bastante reducido. Ponerme aquellas gafas durante las clases de la universidad, redujo en gran medida las migrañas que padezco desde hace cinco o seis años. Esta misma sensación, la tuve con el periodismo. Para mí el periodismo ha sido el cristal transparente a través del cuál he podido contemplar mejor mis objetivos y saber lo que quiero. Saber que no quiero nada que no sea comunicar.
Una cuestión que me da mucho coraje es el intrusismo laboral. Ese manido concepto al que tan sometido se encuentra el periodismo y el mundo de la comunicación. Un problema enquistado que ha nacido solo, pero que hemos acunado con mimo los periodistas sin apenas darnos cuenta de ello. No podemos culpar al sector de emplear a personas que con más actitud, ilusión y ganas, ponen toda la carne en el asador, sin importar las horas que tengan que dedicar a un trabajo artesano y vivaz, cuyo producto se consume en apenas 24 horas. Pero podemos culparnos a nosotros mismos de no vivir la comunicación como debiéramos.
El periodismo es una forma de vida, ya no una profesión, algo que te cala muy hondo y que abarca todos los momentos de tu vida. Se extrapola a tu personalidad, te concede carisma, carácter, te transforma en la persona que siempre quisiste ser, te pone a prueba, te hace comprender que el cambio se sufre y se trabaja. Te traspasa el alma, hace que al abrir un periódico y leer lo que sucede en el mundo, te entren ganas de gritar. Que escribas a cada instante. Que no puedas parar. Que como estudiante dediques todos tus veranos a trabajar en algo no remunerado sin poder viajar o ir de vacaciones. Que dediques hasta los domingos a trabajar. Que no quieras dejar de hacerlo, de formarte y de buscar una salida, pero no para ti, sino para esta sociedad que te grita que tu gremio es lo peor. Por eso me enfada que me critiquen por estudiar periodismo, porque para mí el periodismo son todos aquellos que están detrás de Ana Pastor y Jordi Évole, jodiéndose la vida sin que se les vea. No queremos gloria. No queremos fama. No queremos dinero. Queremos la satisfacción de poder llegar a casa y pensar que hemos hecho algo bien. Aportar valor a una sociedad que tiene mucho que ofrecer, aunque en este momento poca gente crea en sus posibilidades. Y para ello, hace falta muchísimo esfuerzo y optimismo. Mantener una actitud emprendedora, al fin y al cabo, como decía Michael Bloomberg -alcalde de Nueva York y fundador de BloomBerg-, 'ser emprendedor no consiste en realidad en crear una empresa. Se trata de una forma de ver el mundo, descubriendo oportunidades allí donde otros ven problemas y asumiendo riesgos cuando otros buscan seguridad'.
Soy tajante en cuanto a periodismo se refiere. Hoy en día se trata de una profesión infravalorada. No nos damos cuenta de que no se trata de una profesión. Tampoco carece de valor. Es una forma de vida. El problema reside en que el periodismo tiene que estudiarse, tiene que vivirse, tiene que leerse, tiene que escucharse, tiene que verse. Ha de ser tangible, ha de herir, ha de preocupar.
Hoy en día el periodismo se ha vuelto acuático: es incoloro, inodoro e insípido. El periodista busca hacer productos como churros, sin darse cuenta de que en una pastelería se elaboran productos más variados que llevan distinto tiempo de cocción, de horneado, de mimo. Hacer periodismo no es fácil. Para hacerlo, y hacerlo bien, es necesario estudiar cada día. Conocer a Leguineche, Kapuscinski, Wolfe y Capote. Para ser buen comunicador hay que elaborar discursos eficaces que enseñen a la vez que captan la atención. Un periodista ha de conocer de periodismo, pero también de filosofía, matemáticas, lenguaje, historia, arte, psicología, estadística, religión, economía. Todo, para ser capaz de desentrañar el mundo que le rodea y hacerlo más asequible a quienes están al otro lado de un medio al que en ocasiones transformamos en frívolo. Y no hay más culpa de la nuestra.
Todo esto, lo he aprendido en una facultad de periodismo durante cuatro años. Y todo esto, lo aplico y aplicaré a la que desde hace tres meses, y hasta que me dejen, será mi amante. Creo en un periodismo sabio y rico, no simple, que aplique las ciencias y letras por igual en sus contenidos. Que enseñe cada día al periodista y al ciudadano que la vida es un continuo aprendizaje y que hay que leer, ver, sentir y escuchar de todo. Creo en un periodismo en el que es necesario acudir a una facultad y no hacerlo en estado vegetativo, sino aprovechando cada sugerencia, cada rincón de una biblioteca, cada rato libre, cultivando el diálogo, la retórica, la escucha activa y el pensamiento relacional.
Y creo así porque creo en un periodismo que respeta el periodismo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario